miércoles 25 de julio de 2007

[Cuento] La Prostituta de Babilonia

Fue entonces cuando me arrodillé en la cama y sostuve entre mis manos, con suavidad, su muñeca izquierda, donde no tenía el arma. Le tenía miedo –cómo no tenerle miedo a una adolescente neurótica con una AK47 en la mano, un dedo en el gatillo y muchas, muchísimas ganas de disparar–, pero esta vez no se trataba de miedo. No de ese miedo, el miedo a la muerte. Era algo más, lo sabía bien. Era el miedo de las mariposas, como si acaso fuéramos dos colegiales a la salida. Tenía que decírselo.

–Escúchame –pero fue un murmullo casi inaudible.

Lo intenté nuevamente. Como la vez anterior, hablé en buen castellano, idioma que esperaba nuestros compañeros no entendiera del todo bien, en especial si hablaba rápido. La influencia chicana en la zona, sin embargo, no me daba mucha seguridad al respecto; alguno quizás balbucee el idioma.

–Layla, escúchame… –Tomé aire y… –Me gustas. Mucho, muchísimo. Ya se no es el mejor momento para decírtelo, , pero creo si no lo hago me voy a arrepentir…

Acerqué mi mano a su cara, y ella reaccionó instintivamente, retrocediendo, y mirándome fijamente con sus ojos; eran como dos hielos, glaciares infinitos, avanzando por siempre hacia un lugar que era real pero inaccesible para el resto de los hombres, lentamente, dispuestos a ganar la última batalla entre los fríos y las sabanas.

Era virgen, algo raro a sus diecisiete años y en un mundo como el suyo, como el nuestro. Y con su belleza. La de su rostro, quiero decir; su cuerpo de avecilla desnutrida, de niña prieta preadolescente –de país tercer o cuartomundista, por supuesto–, sólo podría gustarle a ciertos enfermizos fanboys de Nabokov. Pero era su rostro el que provocaba holocaustos entre las pandillas locales, accidentes en las autopistas y noches viscosas bajo mi ropa interior. Blanco marmoleado, con un tono enfermizo que dejaba entrever algunas venas, y sin embargo extrañamente vital y elegante en su morbidez; labios delgados y crueles, pero abundantes, de esos que te invitan a besarlos; una nariz perfecta de muñeca de porcelana japonesa, y sus ojos. No diré mucho sobre ellos; creo firmemente que el infinito no puede ser descrito con palabras (y sinceramente tampoco con números; esto hace de la teología y de la matemática dos ciencias inútiles, pero esa es otra historia). Cabello rubio, mas blanco que dorado, y largo; hermoso, pero no destacable; enmarcaba el cuadro como un mediocre pan de oro de mediados del siglo pasado, de esos que se ponían sobre una enorme tele blanco y negro con una resolución de mierda y tres canales; viva lo clásico. Ese tipo de cabello. La virgen prostituta, alguien la había llamado, usando un título robado de un viejo libro de ciencia ficción. Había muerto enviscerado instantes después –y ella, al lado, sonreía, por supuesto–, pero en nuestras mentes, en nuestras almas, el apodo había quedado, grabado como con un fierro en llamas.

Miré el reloj que había tras ella, en la pared, y supe que el tiempo se me iba, se me escurría entre las bolas. En los otros cuartos podía escuchar a los muchachos guardar todos los paquetes en maletines, mochilas, donde pudieran: cuarenta paquetes de cinco kilos de Babylon cada uno, suficiente para drogar a toda la población de los Estados una y otra, y otra y otra y otra vez. Y luego una vez más. El armamento pesado se encontraba a sus pies; Kalashnikovs, y pistolas, principalmente, y algunos de explosivos de mano; RPGs, cañones vulcan, misiles de mano, y hasta un mortero pesado, apuntando hacia la calle en la sala; un pequeño y bien abastecido ejército, si contamos en cuenta su entrenamiento; todos ellos eran élite ex-algo (algo siendo MOSSAD, CIA, M6, KGB, y afines). Era algo grande y yo estaba metido hasta el fondo, embarrado de esa mierda hasta el cuello. Pero, en ese momento, esa era mi menor preocupación.

–…Estoy enamorado de ti. No me preguntes como pasó, pero es verdad; es extraño…

No había sido solo su rostro, o su cuerpo de niña malcriada; era ella, su voz dura, su inocencia destruida, su virginidad-último-reducto-de-pureza, su crueldad, su bastardez (era hija de una modelo argentina y un reportero nacido de una granja de Kansas, aunque no me refería exactamente a eso), o ¿he simplemente de abandonar toda explicación por ser una pretensión vana?

Al escucharme, y ante mi sorpresa, no me golpeó, no me gritó, no intentó matarme, ni siquiera huyó. Me sonrió. Había vivido con ella cerca de tres años y no la había visto sonreir nunca. No así, no sin violencia, sin sadismo, con belleza, ternura y amor. Y sin embargo me sonrió, me sonrió mucho; de quebró todita, como un avecilla, y la amé tanto en ese momento, ella a punto de llorar, con los labios temblando, yo con ganas de llorar y sin poder, con ganas de besarla y decirle te amo y hablar del futuro, de nuestros hijos, de morirnos viejitos y juntos, de limpiarnos mutuamente la cara babeada siempre con pañitos húmedos y cagarnos de risa en el momento, y no podía, no hubiera sido justo. Le sostuve fuertemente la mano, y contuve la rabia, conmigo mismo, con el mundo, con el sistema, con el Gobierno, con ella, con los demás, con el Babylon, con todos y todo, porque no me dejaban amarla, porque el reloj no perdona y me quedaban sólo tres minutos.

–Te amo… –Todo yo temblaba. –¿Cuídate muchísimo, ya? No dejes que te atrapen; si lo hacen testificaré a tu favor, aún eres menor de edad y la pena no será muy grande –mentí, acariciando por última vez su mejilla. La pena sería enorme, posiblemente la ejecutarían. No era cocaina, no era MDMA, no era heroina; era Babylon. Lo peor. El cielo y el infierno en una puta cápsula, completos y con anexos. Asunto grave. Realmente grave.

Los ojos de ella, esos ojos infinitos, se abrieron enormemente, entendiendo de golpe, tragándose la realidad con avidez. Había matado a Grayson por nada. Él no había sido. Era yo. Yo era el traidor. Yo era el soplón. Yo los había vendido.

Tomó su arma, que había dejado caer, y me apuntó.

Desde otro cuarto, una voz en escala, de tono e intensidad:

–THEY’RE FUCKIN’ COMING!!!

No había elegido esa habitación por gusto. Di un fuerte salto para atrás, me hice bolita, cubriéndome la cabeza, y salí por la ventana, reventando vidrio y madera con mi espalda; las casacas de cuero te dan protección ante estos inconvenientes, ¿sabes?

“…Adiós, Layla; adiós, mi virgen prostituta.”

Caí al pasto y empecé a correr, con la cabeza agachada, y rogando al cielo que ella me dispara en la espalda, en la cabeza, y que acabara con todo. Al llegar a la acera, las calles empezaron a vomitar carros policías, camiones del ejercito, vans de los SWATs, autos de federales, de la CIA, reporteros, BBC, BB King, dragones, zombies y armadas completas de elfos (de los oscuros de cabello claro y de los claros con cabello oscuro también), disidentes rusos, políticos republicanos, homosexuales afganos, aborígenes australianos, a la Liga de la Justicia y alguno que otro turista japonés, con tres cámaras al cuello y cara de imbécil. Y más, cada instante más y más. Todos, todos estaban invitados a la fiesta.

Ka-boom!

Los ejércitos de Gondor y Mordor empezaron a destrozar la casa. Ni siquiera habría arresto, no dejaría viva ni una flor, ni una araña, y mucho menos a ella. La destrucción sería total; la zona del pecado contra el Espíritu Santo, purificada por el fuego de las balas. The Great America no podía darse el lujo de permitir el Babylon entre sus jóvenes; era su infierno personal, su karma negro, si es que vamos a creer en esas cosas. La Guerra contra las Drogas estaba por terminar, esta noche. Era el fin.

Mientras el Apocalipsis se desataba a mis costados, atrás, adelante y arriba mío –abajo estaba el suelo–, sentí que algo me inquietaba, algo en la cabeza. Algo no encajaba, un algo que era extraño al dolor de la pérdida, a la confusión de las balas y explosivos, al final que no hubo de ser; con el sonido de los misiles, me di cuenta que era; tras repasar los últimos momentos, después que yo saltara por la ventana, me pregunté por qué Layla no había disparado, si tuvo mas de cuatro segundos y la posición perfecta para hacerlo. ¿Acaso fue mi imaginación, o ella sí me dijo “adiós”, ella si creyó en mí hasta el final? Algunas noches quisiera preguntárselo, pero nunca la encuentro, nunca he podido preguntárselo, nunca he podido besarla de nuevo…

El incidente no figura en los records oficiales. Para nuestro Estado, aquella masacre nunca sucedió. Si ella vive, y cómo, o si esta enterrada en alguna fosa común conocida solo por algún bastardo demente de la CIA, es algo que nunca sabré. Algún compañero me dijo que no encontraron ningún cuerpo que encajara con la descripción, y en esta noticia baso mis esperanzas. El psiquiatra me ha dicho que la olvide, que su recuerdo sólo me tortura, pero él no sabe nada. Tampoco pienso tomar sus pastillas, esas que me dejan estúpido. No se que haré. Ahora, realmente, no me importa.

Los Ángeles, 19 de enero de 2017

4 comentarios:

Anónimo dijo...

no sabia bien como comentar, pero ya aprendi eeeeee ie1!

bueno, definitivamente sabras lo que pienso...creo que ya te dije, el cuento me tuvo asi pegadasa :|, esta mostro en verdad

sigue escribiendo que lo haces bien =)

Anónimo dijo...

ahh :$
soy chiara jajaja

Anónimo dijo...

la culpa la tiene nabokov. beibi

anasofia dijo...

esta bueno y esta viva >(